Ellos, los vencedores

filántropos falsos,

de todo lo inalcanzable

me prometieron:

desorbitadas cantidades

de grandiosos días dorados

junto a los transparentes manantiales

del paraíso.

 

Con aduladoras palabras

ellos aún hoy me insisten que les compre

un pedazo tierno de amor,

¡tal es su hambre!,

como si de pan se tratara,

aprovechando la edad de mi última inocencia,

juventud más bien perdida,

gastando aquellas monedas refulgentes

con las que dijeron que me enriquecería

pero que nunca tuve.

 

Mas llegan tarde,

sólo soy un hombre simple,

dormido…

 

Desengañado yo,

ellos, los que se autoproclaman vencedores

(ególatras crueles,

de sonoros nombres unos,

y  tantos otros adláteres

sin voz  y con sombra prestada)

por todo el ancho mundo repartidos

me gritan fatuas palabras

faltos de humildad,

rebosantes de rencor, obstinados

sin dios ni patria ni ley,

sólo con los ropajes del desprecio vestidos.

 

Ellos, perdidos

en la cotidianeidad

de los días urbanos,

de miedo acalambrados,

poseedores de falsos oráculos

persisten con su débil enjundia

hacer verdad

las radiantes promesas

de los años ingenuos.

Pero es tarde,

ellos lo saben,

como saben en su más desnuda soledad

que nunca fueron vencedores…

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