El día 9 de abril Rita Altolaguirre empezó a odiar a su marido, Virgilio García, hasta desearle la muerte. No sentía remordimientos por ese repentino encono hacia su esposo, cuyo comportamiento había sido el de un hombre prudente (… amante a su manera), que no se había entremetido en sus intimidades femeninas a lo largo de todo el tiempo que llevaban juntos. Hasta ese día se habían respetado mutuamente, cumpliendo a rajatabla el contrato del matrimonio, dejándose llevar por el cauce suave de una rutina placentera, sin discusiones graves ni otras espinas, siempre preocupados porque su patrimonio no sufriera los desarreglos de una mala administración (él estaba convencido que formaban un perfecto matrimonio feliz, asegurando a quien quisiera escucharle que esa dicha hincaba sus raíces en el mucho dinero que durante los últimos veinte años él había amasado céntimo a céntimo, verdadero abono y sustento de su relación con Rita).
      Veinte años que acabarían el 9 de abril.
      Durante estas dos décadas, ella se había adaptado a las exigencias de él sin esfuerzo, llena de gratitud las más de las veces, porque su inteligencia natural de mujer espléndida se mantenía en un dulce letargo, sólo recreando su imaginación una y otra vez en el recuento de todas sus posesiones: tenía todo cuanto necesitaba (desde el mejor coche, a las bragas de encaje más sugerentes), podía permitirse los lujos más caros, comer lo más exquisito de los clubs del gourmet (gastarse tantísimo por una latita de caviar de beluga -dos cucharaditas y ya está de esas bolitas grises y salpresas- era un verdadero plácer), hasta los vicios más exóticos lograba con una carantoña, un lentísimo movimiento de pestañas o dejando escapar un beso al aire después de poner los labios de tal forma que la zona inguinal de Virgilio se resentía hasta el deseo poderoso de dejarlo todo y poseerla allí mismo, como un animal encelado. Ella fingía ser tan feliz que él cayó como un inocente en la trampa invisible de la ingenuidad: se había convertido en un muñequito «de negocios», «blandito como si fuera todo de algodón», un marido confiado porque, aseguraba a quien quisiera ecucharle, su mujer no deseaba a más hombre que él («el dinero es el dinero», decía).
      En cuanto a su riqueza espiritual, Rita Altolaguirre era tan superficial como su marido: sin ambiciones intelectuales, no participaba -y mira que se lo habían aconsejado sus amigas más íntimas- en eventos culturales propios de «gente rica» («¿Qué te cuesta ponerte un día un traje de chaqueta y acercarte a la inauguración de una exposición de pintura en la reputadísima galería  J.A., por decir alguna, que vende los cuadros por encima del millón? Allí sólo tienes que mirar fijamente un lienzo, cuando el pintor esté cerca de ti, durante dos minutos, y luego sueltas en voz alta lo primero que se te ocurra. Tu opinión será respetadísima: todo el mundo entiende de arte, y si lo dices tú que tienes dinero, más). Rita se jactaba de no haber leído ni un solo libro, pero no podía reprimir la curiosidad de saber qué iba a pasar en el próximo capítulo de la telenovela, la que comenzaba a las cuatro menos cuarto de la tarde, y no había día que dejara de interesarse por lo que escupían los programas de las dieciocho horas. ¡ay, los reality schows cuánto le gustaban! Le aburría leer las revistas rosas, pero sí mirar las miriadas de fotos de artistas, famosos y buscavidas que pululan por esas páginas de couché. No podía evitar recrearse en las peripecias y vivencias de esos personajes que tienen la sagacidad de no ser nada, pero irradian un encanto y un «glamour» que la dejaban embrujada («Cómo debe follar este muchacho», pensaba de un futbolista rubito, peinado con coleta unas veces y el pelo rapado otras, y con muchos tatuajes salteados por brazos, piernas, torso y cuello).
       Pero lo que más le gustaba era acudir a los cócteles, meriendas-cenas y otras fiestas nocturnas que muchos, muchísimos amigos de nuevo cuño ofrecían en su chalés o en salones de hoteles de lujo, especialmente interesados con la presencia del matrimonio García-Altolaguirre (el dinero de Virgilio manaba de un buen panal  que muchos zánganos de las finanzas y otros blanqueos elegían para revolotear a su alrededor; por otra parte, la presencia de ella no dejaba indiferente a nadie y todos la deseaban: «¿Qué le habrá visto al Virgilio esta tía?», era una pregunta habitual en los corrillos donde perfectamente podían intercambiar opiniones un banquero de logo con fondo rojo o púrpura o azul, un empresario de barcos con un despacho de 150 metros cuadrados tocando el firmamento en el rascacielos más alto de la ciudad, un promotor inmobiliario poseedor de doce campos de golfs, un industrial con petróleo corriéndole por las venas y el secretario de Hacienda de una Comunidad Autónoma diciendo que sí a todo con la cabeza).
      Como una reina erótica, Rita paseaba su apetitoso cuerpo entre toda esa selecta camarilla de seres humanos privilegiados: le encantaba ver cómo los hombres no podían evitar volver la cabeza para mirarla con deseo, «para comerme con los ojos», y cómo las otras mujeres la envidiaban llamándola algo que, en vez de enojarla, la encandilaba: «esa calientapollas».
 

      Sin formación, era una mujer maleducada, que hacía uso continuo de palabras malsonantes. Tenía una conversación escasa, toda ella salpicada de trivialidades; pocos temas le interesaban, quizá porque no sabía analizarlos. Pero… ¿qué hombre de este mundo no se iba a permitir el lujo de poseer y gozar de semejante mujer?: era el modelo de la amante perfecta, mujer madura inmersa en la edad de la eterna juventud, para disfrutarla en solitario.
      No gozó nunca haciendo el amor con el marido, bien lo sabía ella, pero, a base de repetirlo un día sí y otro no, aquéllo se convirtió en un trance doméstico que soportaba pensando en sus cosas, al tiempo que fingía unos perfectos orgasmos a base de escandalosos gemidos que paraban el vuelo de las moscas.
      En cuanto a la fidelidad hacia él, no tuvo valor de buscarse un amante real: le traicionó durante estos veinte años sólo en sueños eróticos en los que un hombre esculpido en la imaginación se metía en su cama y la amaba sin pedirle nada a cambio.
      Tal vez por miedo a perdelo todo, tal vez por falta de iniciativa, ella se conformaba dando rienda suelta a tórridos pensamientos con los que distraía su desasosiego permanente y se aliviaba por momentos de ese desamor crónico hacia su marido. Se había inventado un hombre interesante y hermoso con el que hacía el amor durante horas y con el que lograba «olvidar absolutamente todos los polvos que me ha echado mi Virgilio». Su pensamiento galopaba a lo largo y ancho del hombre que la amaba sin más porque ella le amaba a él, que lograba hacerla feliz. Y lo creó a su imagen y semejanza: era abrir la ventana de su pensamiento y ahí estaba él, un ser masculino en estado puro, el amante que moldeó con el regocijo y el capricho de su deseo el primer día, ese hombre al que cambió de color de ojos varias veces hasta acabar eligiendo un verde grisáceo, terminando por aceptar que su estatura serían los 186 centímetros, del que dudó del tipo de cabello hasta que por fin se decantó sin estar convencida por un moreno algo ondulado, al que le vistió y le desnudó tantas veces para ver si le seguía gustando el color bronceado de sus músculos que en algún momento él perdió hasta la erección: «¡qué grande tienes la picha, incluso sin estar tiesa!» le hablaba ella en voz alta en mitad del silencio de la casa, disfrutándole desde la profundidad de su mente obtusa y desvalida.
      Su delirio era más que una fantasía. Su amante inventado se había convertido en una presencia viva que la tenía como atolondrada. Era tan real que ella hasta le rogó en tantas ocasiones, ruborizada, que la esperase en la cama mientras iba un momento al baño: y estando sola, como estaba, cerraba la puerta con el pestillo para que él no tuviera la tentación de entrar y la viera sentada en la taza orinando.
 

      Virgilio García era todo lo contrario a ese amante soñado. No era nadie en la cama. Ni siquiera para darle hijos, le acusaba ella en silencio. Inculto, se había instruido con revistas y películas pornográficas -no escatimaba dinero en ellas-, utilizadas como guía «para hacerte más feliz aún de lo que ya eres», le decía con su orgullo de macho poderoso.  Pero, cerril, no supo utilizar toda esa riqueza visual y terminó usando a su mujer más que amándola, sin tener en cuenta los deseos de ella, en un rito que se repetía en actos que eran idénticos los unos a los otros, donde no se daba pie a la imaginación.

El hermosísimo cuerpo de Rita Altolaguirre, toda la sensualidad que transmitía, se desperdiciaba cuando él, echado bocarriaba en la cama, con los ojos cerrados y gimoteando palabras obscenas,  dejaba que ella le succionase su miembro viril, más bien de tamaño pequeño, para ponerlo «en perfecta forma» (era lo que más le gustaba, aseguraba a quien quería escucharle) y luego proceder a una penetración lenta que duraba entre tres y cinco minutos. La mujer accedía en una chupe y chupe aburrido y sin ritmo que se alargaba hasta que su marido cambiaba de postura para «perforarla» con movimientos eléctricos de sus caderas: a veces ella tuvo que morderse sus labios pulposos para no romper en carcajadas todo ese acto estúpido: «Virgilio García: eres un conejo que no tiene ni puta idea de metérmela», le decía mentalmente. Luego él eyaculaba, sin percatarse nunca que Rita no había sentido ni el más mínimo atisbo de placer. Así era siempre.

     No sintió asco de él hasta el día 9 de abril. No le amaba, y mucho menos le deseaba, pero no había sentido repulsa hacia él hasta ese día.
      Se había acostumbrado a la forma de comer de él, al color de sus camisas, a la «mala facha» que le daban los carísimos trajes que los dos habían elegido juntos en las «boutiques» más sofisticadas, a la forma petulante de hablar y dirigirse a los demás, al dinero que «llovía a mares» del negocio. Pensaba mal de él con palabras soeces, pero hasta este día había sabido fingirlo haciendo uso de la más extraordinaria hipocresía.
 

*** 

      El día 9 de abril el desprecio de Rita hacia su marido se enlazaba con el deseo urgente de serle infiel con un hombre de verdad. Una fuerza nueva la empujaba a salir a la calle y encontrar de una vez por todas al amante con el que tanto había soñado despierta, de ser poseída hasta delirar de gozo. Ahora necesitaba algo más que imaginar un hermoso cuerpo masculino, desnudo, estremecido con el placer que le provocaba el suyo cuando ambos se entregaban a los abrazos, se comían con los ardientes besos, cuando la penetraba por fin, «¡ay!, con un enorme miembro que en nada se parece al de ése»… Necesitaba morder la carne del tipo que, estaba segura, la estaba esperando.
      Rita Altolaguirre consciente de su soledad, aferrada a la ilusión de encontrar a su amante lo antes posible, se duchó y perfumó, se puso la lencería más sugerente que tenía -el color negro era ideal para un primer encuentro-, eligió un vestido que realzaba más si cabe su estupenda figura, y salió dispuesta a cambiar su vida, con un candor que la habría arrojado al pozo negro de una profunda depresión si ese deseo no se hubiera materializado.


      Ocurrió junto a la barra del café donde tomaba el desayuno todos los días. El mismo hombre que había esculpido en su imaginación se acercó a hablarle con la misma voz varonil que ella había escuchado tantos días, meses y años en su imaginación, le susurraba sin pudor las mismas palabras de amor y deseo, idénticas a las que le estremecieron de placer en el cobijo de su soledad. «Es él». Ella se rindió fingiendo una coqueta resistencia, enamorada, a los deseos del hombre sin dar importancia a las miradas de todos los que llenaban a rebosar la cafetería, mujeres sobre todo, que no perdían detalle de ese «lío» que estaba gestándose en un lugar tan aburrido como aquel en el que se encontraban y donde ella era conocida hasta este día como persona fiel a su pareja, a pesar de que se mostrarse como mujer despampanante, descarada y de mediocre comportamiento social. «Si ella no tuviera esa lengua malhablada…», decían las envidiosas.
      Cuando el hombre, rompiendo insolente el invisible hilo de la discreción, la mordisqueó en el lóbulo de una oreja, algunas mujeres no pudieron reprimir beberse violentamente de un trago el café con leche de su desayuno. Era la primera vez que se le veía por allí -a ese «pedazo de tío», como lo calificaron la mayoría de las que presenciaron el encuentro-. «Y la Rita lo ha cazado…, la muy puta», comentó alguna que no la podía ni ver y que no gozaba de la belleza ni del cuerpo, salvaje y perfecto, de la nueva «adúltera». «Mucho sexo despilfarra, pero de seso nada de nada, la marrana», sentenciaba al fin, iluminada con una frase que califcaba de muy original y de alto matiz intelectual, justificando o su envidia o el poco interés que ella despertaba en los camareros o en otros hombres que por allí pasaban a esa hora.
 

****
 

      Se fueron a la casa de él abrazados y besándose calle abajo, en esa mañana del nueve de abril, de sol y nubes que pasaban veloces, hinchadas y barrocas, recortándose bajo la inmensidad de un cielo limpio de azul puro. «Qué cerca vives de mí», le dijo ella sorprendida y alertada porque se acercaban cada vez más hacia la calle donde ella vivía. «Más cerca de lo que tu te puedas imaginar», le confesó el hombre, apretándola más contra él y consiguiendo así que Rita no reflexionase sobre el comentario, aunque era difícil que pudiera centrar la atención en otros pensamientos que no tuvieran que ver con el apetito sexual que le había abierto él: Rita flotaba en una de esas nubes de primavera, de caprichosa forma, preñada de optimismo y sensaciones nuevas, esa nube que por fin cruzaba el cielo de su existencia.

Advertisement