1
La noticia vino publicada en un recuadro pequeño en la sección de local del periódico, justo encima del anuncio de un perfume de mujer. La publicidad era poco atractiva, con un diseño tosco, en blanco y negro; la belleza de la modelo, que sostenía un minúsculo frasco sobre la palma de una mano mientras se esforzaba por sonreir, se esfumaba por la trama del papel prensa, y eso le hacía perder la fascinación. Me defraudó.
- Jose, en la prensa no se deberían anunciar los perfumes.
- Si tú lo dices…
Y la noticia no decía la verdad. La verdad sólo la sabía una mujer negra que estaba en el otro andén en el momento del accidente, justo enfrente mío. El periódico contaba el suceso como si hubiera ocurrido muy lejos, como si no correspondiera a este lugar: no había coherencia en la información, parecía como si el redactor hubiera metido los datos en una coctelera llena de hielo y, después de agitarla bien, hubiera derramado el contenido sobre la pantalla del ordenador sin revisar lo que allí había salido. Informaba sobre el arrollamiento por un tren y la muerte rigurosamente necesaria de un hombre de mediana edad, no especificando si éste se había arrojado a las vías o se había caído o le habían empujado; es evidente que no podía saberlo, pero podía haber jugado con su imaginación, plantear al lector el dilema de un tipo que espera el tren y, de pronto, ¡zas!, todo se acaba, la disyuntiva del último viaje, si el último de la vida o el primero de la muerte.
Era una noticia corta, insignificante, un suelto en mitad del océano de palabras del periódico, justo encima del anuncio del perfume. Daba la sensación de que la información que le precedía en la columna se había quedado coja y tuvieron que rellenar el resto con la primera noticia de recurso que encontraron. No había pasión ahí, era pura rutina de un periodista aburrido que estaba harto de leer teletipos: era el conciso informe que redacta la Policía y que luego envía a las agencias. No había humanidad, ni siquiera profesionalidad, en ese trozo de columna: si al menos hubieran publicado que había sido el tren de Lisboa…, o que era el declinar de la tarde (límpísima, por cierto) hacia una noche que se prometía llena de sugerencias y que no sería, precisamente, la noche donde violentamente el muerto había entrado y de la que no saldría jamás; si hubiesen descrito -no importa si a vuela pluma- las caras de estupor que se nos pusieron a los que allí esperábamos o del ataque de nervios que sufrió la vendedora de helados… Pero nada, sólo el atropello y su trágica consecuencia, ni siquiera como había partido el cuerpo en dos la máquina y había arrastrado una de las partes dejando sanguinolentos despojos pegados en las traviesas de la vía durante unos doscientos metros. «Un hombre muere en el acto arrollado por un tren de largo de recorrido sin parada en el apeadero…»
Era patética la noticia del periódico. Era patético el anuncio del perfume. ¿No hubiera sido mejor escribir: «El Talgo de Lisboa mata a un hombre al atardecer cuando éste intentaba cruzar la vía»? Porque ese insensato lo que estaba haciendo era cruzar la vía sin mirar, ciego porque sus ojos estaban en el otro andén. Se lanzó al vacío de los raíles y la muerte se le echó encima metamorfoseada en un poténtisimo tren, sugerente y cargado de la luz y la sensualidad de Lisboa… Eso es lo que tenía que venir escrito en el periódico y no esa frialdad en la redacción, esa neutralidad a la hora de contar el suceso. ¡Vaya periódico! ¿No hubiera sido mejor no publicar el anuncio?
- ¡Otro whisky, Jose!
- ¡Hecho!
Jose, ¿qué opinará él de estas cosas?, ahí está sirviéndonos con esa diligencia sumisa del que lleva cuarenta años detrás de la misma barra…
- ¿Qué opinas tú, Jose, del atropello del tren?
- Son cosas que pasan. Le llegó la hora y no tuvo tiempo ni de despedirse, el hombre…
«Son cosas que pasan…». Y esa expresión, tan ambigua, contiene el calor de la buena información: «…no tuvo tiempo ni de despedirse, el hombre», y ahí está el dolor que no supo captar el periodista.
- Yo estaba allí, a su lado, cuando se precipitó al vacío de la mujer negra. Yo tampoco vi que llegara el tren, es como si hubiera surgido de la nada.
- «Post morten nihil est ipsaque mors nihil»(1)(tras la muerte no hay nada, y la muerte no es nada», que diría Séneca. Yo digo sólo que la muerte viene de la nada -sentencia Jose-.
- A lo mejor la muerte no era una locomotora…, que digo yo -y bebo un trago largo, porque sé que Jose me hablará como un viejo filósofo durante mucho tiempo…
Le digo al veterano camarero que había una mujer en el otro andén, justo enfrente mío.
- ¡Ay!, que ese hombre murió cuando más necesitaba vivir -dice.
- Crueldades, crueldades, y ese periódico no ha sabido contarlo.
Le digo que la mujer negra llegó cuando yo ya estaba esperando mi tren. Que estabábamos sentados en los incómodos asientos metálicos en sentido contrario el uno del otro, que ella se iría y yo no la volvería a ver, porque yo no iba a cruzar las vías y coger todo aquello que me daba… Que era una mujer espectacular… Una actriz de anuncios de perfumes. Ella no buscaba al otro. El tren de Lisboa tampoco…
- Espera un momento, ahora vengo, voy a atender a aquél…
- …………………………………………………………………………………………
Jose camina con parsimonia detrás de su barra, coge una botella sin mirarla, coge una copa sin mirarla y escancia sin mirar: se deja guiar por el chorro del licor murmurando en el vidrio, esa cantinela del alcohol que tan bien él conoce… Regresa respetuoso, no sin antes pasar la bayeta por el mostrador y secar un charquito de cerveza que quedó sobre el brillo del mármol…
- Entonces ella, que era una tiaza negra como he visto pocas (unas ancas como una potranca), vestida con un vestido rojo de mucho vuelo en la falda, va y se sienta justo enfrente mío y se abre de piernas.
- Las mujeres negras tienen un aroma especial. ¿Has disfrutado alguna vez de una mujer de color?- Y Jose me confunde una vez más:
-Yo una vez me enamoré de una clienta y tuve problemas para no abandonar a mi esposa, tan ciego estuve por ella. Hablaba de Kant y leía poesía de César Vallejo. Era una mujer muy inteligente, tenía unas piernas como las de tu negra. Hacíamos el amor ahí detrás y siempre era respetuosa conmigo…, ya sabes… Hubiera pasado un tren encima nuestro y no me hubiera enterado… ¿Me das un cigarrillo de los tuyos?
Me excitó tanto, le digo, que me inmovilizó en ese banco rojo del apeadero. No podía dejar de mirar su entrepierna, su enorme coño, tan negro y tan rizado. Ella, descarada, abría tanto los muslos incitándome, ofreciéndomelo todo, que me paralizó.
- Se conoce que no tenías la hora.
- Me eyaculé encima, como un niño que se mea… ¡Qué imbecil! Lo achaqué a que había tenido una mala tarde en el trabajo…
Tampoco, le digo, me hubiera dado tiempo el otro tipo: ese sí que se lanzó, y eso que ella no le miraba a él. Saltó el muy necio…
- ¡Saltó! -dice Jose.
2
A lo lejos, detrás de los cristales del bar de Jose se oye pasar un tren, un larguísimo tren de mercancias que cruza la noche. Lento y ruidoso, se oye su paso de animal nocturno camino de la negrura de la noche… Imagino la luz del faro de su vagón de cola, parpadeante, alejándose, un diminuto punto rojo de un tren que no se ve. La noche. El olor de la noche. Y a este lado del bar, Jose va y viene, con cadenciosa armonía, como una música suave y vieja que se desliza por las mesas, por los vasos y por las botellas, que me acaricia los labios en los lentísimos sorbos de whisky, este whisky que me salva otra noche más.
- ¿Y la negra se fue?
- No lo sé, Jose, no lo sé…, no puedo dejar de pensar en ella.
- Vendrá -y expulsa una voluta de humo…
- ¡Otro whisky, Jose!
Va y viene por su bar, es un gran ser humano, este viejo camarero, este viejo que no sabe hacer otra cosa que servir copas y copas…, y fumarse los cigarrillos de los clientes.
- ¿Y tuviste mucho tiempo rollo con la negrita esa?
- Una tarde se fue y no ha vuelto. Llegó más hermosa que nunca, se tomó un whisky de la misma marca que el tuyo, se fumó un cigarrillo como éste y se largó… Sin despedirse, sin levantarme la mano agitándola en un adios esperanzador al salir por la puerta, sin girarse siquiera para mirarme. Tuve consciencia de que no la volvería a ver. Entonces cerré el bar y empecé a beberme el resto del whisky que quedaba en la botella; cuando se acabó ésa, cogí otra, me fui a la máquina del tabaco, la abrí y fumé emborrachándome hasta dormirme en mitad del triste y sucio suelo del bar: fue largo y doloroso, dos cajetillas de tabaco, así de seguido, duran mucho…
- ¿Así, sin más…?
- Amanecí reventándome la cabeza…, cuando el sol espejeaba en los cristales. Pero no sé si fue él el que me despertó o porque desde el pesado sueño me sentí observado por los primeros clientes de la mañana, que no se atrevían a llamar…, a preguntar qué me pasaba. Si no está la puerta abierta no entra ni uno…
- Lógico, Jose, lógico… El cliente es respetuoso cuando hay una cerradura echada…
- Lo único que había entrado había sido un sobre marrón por debajo de la puerta. Un sobre que olía a ella. Tuve un fulgor de esperanza, ¡qué imbécil!
- ¿Qué decía, Jose?
- «Volveré un día», decía: y yo me lo creí, pero hasta hoy, que la espero sabiendo que no va a venir. Ya casi no miro hacia la puerta, pero sigo pensando en ella, tan excitante con aquel vestido rojo que se ponía cuando quería guerra.
Dice «guerra» como si hablara de la batalla. El sexo, la guerra del sexo, el campo de batalla de un hombre y una mujer que se desean y se devoran en la trastienda de un bar: un hombre honrado pierde la cabeza por un vestido rojo. Fuma y bebe whisky como un loco, esperando, siempre esperando.
El tren pasó hace tiempo. Vendrá otro. Tú sabes que vendrá otro. Es un anuncio de un perfume delicado y carísimo, una joya líquida, una gota que te transporta al paraíso o te hace bajar al infierno donde te consumirás eternamente en el fuego que ha encendido ese demonio que eres tú y nadie más que tú.
- Jose, me enamoré de una mujer que estaba al otro lado de la vía y me llamaba.
- Y el Talgo de Lisboa se interpuso en vuestro camino.
- No, Jose, el hijoputa que se tiró a los raíles…
3
Cuando voy borracho, pero aún soy consciente de lo que hago, camino muy despacio hacia casa, mirando todo lo que sucede a mi alrededor, pensando en anuncios de perfumes. Enciendo un cigarrillo detrás de otro, casi enciendo uno con la brasa del otro. Paseo la noche camino de casa sabiendo dónde voy, sabiendo lo que allí hay…
Cuando llegue, encenderé la televisión esperando que emitan anuncios de perfumes. Jose es mi amigo, e invento historias que él contempla desde el otro lado de su barra. Me gusta que me vea en mis ilusiones.
Imagino a una de las mujeres de los anuncios de la televisión, yo con ella y Jose mirándonos como un espectador especial. Estoy obsesionado con los anuncios de perfumes, con las mujeres que ahí aparecen. Ahora no es época de ellos. Me entristece que sólo pueda recrear mis sueños en los escasos publicados en el periódico o en algunas revistas.
Y bebo whisky y fumo tanto por eso, para olvidar mi soledad sin anuncios de perfumes, sin esas mujeres que son mis mujeres.
Sólo una vez pude ver uno donde salía una mujer negra, en estado puro, salvaje. Intento recordar qué firma había creado esa obra de arte, pero se me ha olvidado; sólo recuerdo la cara y el cuerpo de la negra, desnuda en una selva de ensueño: quiero imaginar que tenía un cierto parecido con la mujer del andén. Jose asiente desde una esquina de mi imaginación, ésa en la que a él le gusta ponerse para observarme, envuelto entre una especie de neblina, casi difuminado, pero siempre presente.
Abro la puerta de mi casa y hay un sobre marrón cerrado a mis pies. Lo huelo y huele a un perfume que no soy capaz de describir…
1.- «Post morten nihil est ipsaque mors nihil»: Séneca escribió esta sentencia en la obra Las Troyanas. El autor de este relato no extrae por boca de su personaje Jose la cita de dicha obra, ya que no ha tenido la oportunidad de leerla en Latín, sino en el libro de Jorge Semprún «Viviré con tu nombre, morirás con el mío», que a su vez recurre a ella en una de las reflexiones más interesantes sobre la muerte escritas en los últimos años.