1
MACROSALAS OFICIALES DE arte moderno. Sólidos muros dispuestos a colgar las obras de los grandes artistas del siglo XX llegados del Norte del Globo. Techos altísimos, largos corredores, columnas de granito… Siguiendo la flecha me dirijo dispuesto a admirar la última reflexión del pintor matérico más representativo que el mundillo del arte ha colocado merecidamente en el pedestal de los grandes genios, jugándome la imaginación la mala pasada de percibir un cierto tufo fantasmal que se desprende del recuerdo sin nombre de aquellos convalecientes que entre esas paredes sufrieron sus males, sus tormentos físicos, sus terribles enfermedades. Paradójicamente hay que descender por una ancha escalera para contemplar la excepcional muestra -promiscuidad de escultura y pintura de un artista que ha tocado la gloria del Cielo, en opinión de los críticos culturales más incorruptibles- esparcida, sí, decimos bien, esparcida por las paredes y estancias de la gran galería habilitada en el sótano del antiguo hospital sabatiniano.
No puedo contener la curiosidad de observar a los otros visitantes que, como yo, se pararán extasiados en cada una de las obras allí expuestas, yendo de unas a otras en zigzag, extrayendo la sustancia, los terribles mensajes que el viejo artista se ha tomado la molestia en plasmar a través de objetos inútiles: sillas rotas, cartones, arena mezclada con pegamentos y aceite usado como lubricante de maquinaria, platos, trapos sucios, alambres oxidados, maderos, latas medio vacías de pintura, crines de mula o caballo, lunas de armario ropero, cestas de huevos…, todos ellos salpicados con originales grumos de óleo u otras clases de pigmentaciones aprovechadas para el caso. Me paro ante el que considero menos matérico de todos los cuadros: un lienzo blanco sucio de gran formato en el que dos gruesas rayas negras se cruzan recordando a una cruz cristiana tumbada en un día de Pasión; en alguna zona de esa blancura groseramente maculada, el artista tuvo la delicadeza de erosionarlo con pequeñas rasgaduras, provocando así un sentimiento de desasosiego que el espectador sufre cuando se enfrenta a esa gran superficie tan desconcertante: «¿Qué es eso?», pregunta alguien a su acompañante; «eso es la M-30», le susurra. No puedo contener la cólera ante tanta desfachatez cultural que rezuma de esa confidencia: me hubiera gustado decirles con la navaja en la mano que ésa es una gran obra de arte, quizás la más inspirada que el pintor realizó en un tiempo récord que nunca superaría los veinte minutos: ahí, me gustaría haberles dicho antes de clavarles el arma de cachas verdes, está contenido todo el dolor humano, en esas rasgaduras, en esas terribles rayas negras que atraviesan la sucia blancura.
Pero no lo entenderían. Como no comprenderían que el gran artista del siglo XX no hace nada más sencillo que exponer en los sótanos del vetusto gran hospital un capítulo más de su nueva teoría sobre el arte, y debemos matizarlo con mayúscula, Arte. Pero el visitante de base, despistado con todas aquellas manifestaciones que se alejan de la vulgar copia de la Naturaleza, se ríe de las barbaridades que allí va encontrándose: «Esto parece el almacén de un trapero», oigo a uno protestar mientras miro la cara de disgusto de estudiantes de bellas artes que se han acercado curiosos, mandados por su profesor de estética, quien les alentó a que se acercaran allí cuanto antes, pues la lección que tomarían les haría madurar, les serviría para ser ellos grandes genios del futuro.
Ante una pila de platos -blancos- me paro: una guardiana de la sala me mira asombrada cuando, con la boca medio abierta (el labio de abajo más caído de los normal y casi babeante), doy vueltas y vueltas alrededor de la columna que forma la vajilla (parece sustraída de un modesto restaurante de comida casera); y la uniformada se cuadra en posición de alerta, ajustándose en la oreja el pinganillo que la mantiene en contacto con el universo de los vigilantes, cuando me dirijo a ella y le pregunto que quién es el encargado de limpiar las piezas de arte, porque el último plato de arriba está cubierto de una densa película parda de polvo y pelusas: «nadie, aquí la obra lo es todo», me contesta, seca, zanjando el tema. Entonces alguien, quizás tan interesado como yo en la muestra, me susurra al oído: «¿Tú eres eyaculador precoz». Ante el panorama plástico que presenta la sala no me extraña la pregunta, aún viniendo de una aterciopelada voz femenina. Al girarme no doy crédito a mis ojos al contemplar un rostro y un cuerpo de proporciones más propio de un Fidias de la Grecia Clásica que del tormento creativo del padre de esta exposición. La hermosa mujer, de líneas exactas, me sonríe: vestida con tejanos ajustados y cazadora de aviador, la melena negra suelta. «Probablemente no sea eyaculador precoz», le digo.
Recorremos juntos lo que falta de muestra. Me invita a que siga atentamente las reacciones de un grupito de personas de mediana edad que muy serias pretenden encontrar sentido a lo que allí ven: «el pintor usa de los elementos que encuentra a su alcance para así hacer de la plástica una manifestación única y original, incapaz de ser reproducida por cualquier otro artista menos imaginativo», dice uno del grupo, y todos le dan la razón, y mi acompañante accidental, y yo, pero, me dice ella, «usa de la telepatía y métete en cualquiera de esos cerebros, el de ese de ahí te puede servir, verás qué sorpresa»: «Esto es una auténtica mierda», escucho con toda claridad metiéndome por los recovecos de la calavera del que tan serio razonamiento expusiera a sus amigos.
-¡Vámonos de aquí! -le digo sin tener en cuenta si ella desea continuar viendo lo que resta de exposición-, no soporto tanta hipocresía.
2
Jose va y viene. Jose siempre va y viene de un lado para otro, diremos que es un camarero ejemplar. Siempre está buscando vasos debajo de las mesas de su bar. Pero su música es un buen rock and roll y merece la pena beber lentos sorbos de su bourbon. La mujer sigue a mi lado, tiene un bonito cuerpo y una belleza extraña, de sus ojos salen chispazos lujuriosos que me excitan. Habla constantemente mezclando en su conversación una y otra vez frases eróticas, alusiones a mi virilidad. Pero lo que más me entusiasma es la forma que tiene de tocar y coger los objetos, el vaso, el cigarrillo…, cómo hunde su mirada en ellos, haciendo un detallado análisis con el tacto y los ojos de cuanto la rodea. Y de todas las cosas que mira, yo soy quizás la que más le interesa.
-Soy pintora, ¿sabes? -me dice.
-Bueno…
-Y quiero pintarte, pero si no eres eyaculador precoz.
-Bueno…
-Eres el modelo ideal.
-Nunca me lo había planteado -no sabes qué decir-. Pero seguramente no sea eyaculador precoz.
-Te pagaré haciéndote el amor.
-¿Y yo a ti no?
-Tú posarás -apuro el bourbon de un trago y busco desesperadamente a Jose para que me sirva otro. Ella me mira dando sensuales sorbitos de su licor ambarino, mientras, aplastándose contra mí, introduce una de sus piernas por entre las mías, levanta la rodilla y golpea con ella mi sexo: «estás excitado. ¿Cuánto mide?». Jose tarda en llegar.
-¡¡Jose, Jose!! -le llamo. Me hace un gesto de que me tranquilice, que ya viene.
-Servirás, ¡claro que sí!, serás el mejor modelo de todos -ahora su mano acaricia la bragueta. No le importa que la gente nos mire. Seguramente nadie lo haga.
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-¡Joder, Jose, ya era hora que vinieras!, sírvenos otra.
-No, Jose, no nos sirvas nada. Ya nos íbamos –dice ella agarrándome de la mano y arrastrándome fuera del bar.
3
Se desnuda. Su figura es magnífica. Sin ropas, su rostro te recuerda a una dama de Modigliani, pero su cuerpo es la fotografía agresiva de una modelo pornográfica.
Quieto en mitad de su estudio observo sus movimientos sensuales, deslizándose como una pantera se acerca hasta tocarme, me acaricia los labios, me besa y empieza a desabrocharme el cinturón, a bajarme la cremallera de los pantalones, me saca el sexo, que se libera excitado y desafiante. «Es como la imaginaba», dice. Cuando yo ya no puedo contener el impulso del abrazo, se aleja, rebusca en un cajón, saca una cinta métrica de sastre amarilla, vuelve a mí y empieza a medir con dedos expertos el diámetro, la longitud: «no esta nada mal», se ríe.
-Y ahora, como premio, vamos a dejar que esa cosa goce. ¿Cuánto hace que …?
-Probablemente no sea eyaculador precoz -digo y me sorprendo al comprobar que aguanto bien los envites, que a pesar de tener ese inmenso cuerpo agitándose debajo del mío soy capaz de no derramarme en el primer suspiro…
4
Los primeros días las sesiones son cortas en el estudio de la pintora. Diez, doce minutos posando. Me ha impuesto como condición necesaria que yo no vea las evoluciones de su trabajo y que mi sexo esté siempre erecto, trance que en este corto espacio de tiempo supero divertido y expectante, saboreando los placeres que obtendré una vez me deje que la penetre y se desahogue tanta sangre acumulada; me hace feliz pensar en el cigarrillo del reposo y en la copa de bourbon que compartiremos una vez acabado el trabajo de la jornada. Ella, para mantenerme la dureza y la longitud máxima me susurra palabras procaces desde el otro lado del caballete, hace pausas para desnudarse en excitantes movimientos y gestos, usando el lienzo como cortina erótica.
Pero ella se vuelve implacable, la sensualidad empieza a convertirse en agresividad según las sesiones van alargándose, pasando de quince minutos a treinta y de treinta a una hora, y así hasta alcanzar más de dos posando inmóvil, sin opción a un descanso, sin la posibilidad de dejarme beber un sorbo de bourbon. El acto sexual posterior va convirtiéndose en rutina y la eyaculación que lo culminará será una necesaria y simple función mecánica que aliviará mi organismo cada vez más forzado en hacer algo que empieza a dejar de gustarme.
A medida que va reproduciéndose mi imagen en el lienzo, ese cuadro que no me deja ver, ella cada vez es más imperativa y antipática. He empezado a arrepentirme, pero, recordando mis largas sequías de sexo, volveré a la siguiente sesión, atraído por el reclamo de su cuerpo. Pienso que no está mal el precio que la pintora tiene que pagarme: dejar que me derrame lentamente y sentir cómo el miembro viril deja de ser viril para volverse un apédice flácido y blando es un pago extraordinario y gratificante.
Pero llegará, cuando dice que ya sólo le faltan algunos retoques, la desesperación. Minuciosa y lenta trabaja en detalles de mi cuerpo, horas y horas perfeccionando mi anatomía en el lienzo. Y yo debo mantenerme en la posición de pose, haciendo terribles esfuerzos de la imaginación para que el pene se mantenga con la dureza justa que ella quiere. «Ahora más que nunca debe estar tiesa, porque estoy rematándola y no quiero perder ni un solo detalle», me dice.
5
«Creo que únicamente le falta el glande por pintar. En los últimos días el dolor ha llegado y es algo insoportable. Odio ese cuadro. Si lo acaba algún día no lo miraré. Ella está entusiasmada ahí, detrás del caballete, pasando ese pincelito una y otra vez por mi rosada anatomía (es persistente como el camarero Jose buscando vasos debajo de las mesas de su bar), ese fino pincel de pelos de marta –herramienta que yo considero de tortura y no un delicado objeto, el único con el que se logra la máxima perfección en el detalle, como asegura orgullosa-. Si tuviera un poco más de entereza, lograría que desapareciera el deseo de poseerla. Porque mañana será otro tormento, me tendrá toda la tarde inmóvil, se desnudará, sí, para que no se ablande esto, y yo no podré contener mi débil virilidad. Pero no puedo remediar que me siga gustando esta mujer dueña de ese poderoso cuerpo que anula mi voluntad. La odio y detecto su cuadro, y la deseo -sí, decimos bien, la deseo-. No quiero venir, pero vendré mañana. Odio ese cuadro».
6
No pensar. Mi esfuerzo debe centrarse en no pensar en nada. O alejarme a otros contextos, al día que la conocí en el gran templo del arte contemporáneo, y recrearme en el recuerdo de aquellas obras esparcidas por la gran galería, en las personas que las contemplaban sin saber qué es lo que estaban viendo, si arte o residuos culturales. Ese cuadro que no me deja ver, ese yo fálico que está reflejado ahí no debe inquietarme, porque, si así es, ella saldrá vencedora.
Aprovechando un momento en que ella está absorta haciendo una mezcla de color en la paleta, en un rápido movimiento atrapo el pantalón de una silla en la que está arrojado y del bolsillo saco la navaja verde: «No te muevas», me dice cuando otra vez vuelve a pasar el pincel por el cuadro que desconozco, absorta en su trabajo. Su cuerpo desnudo, casi rozando el lienzo, está quieto, sólo se mueve su mano: «Por favor, no te muevas», dice, pero ya voy caminando lentamente hacia el caballete que se interpone entre los dos y que nos impide vernos. La hoja de la navaja desgarra velozmente el lienzo y la siento clavarse en el cuerpo de la mujer al otro lado, sin darle tiempo a reaccionar, como si una raya negra cruzara el universo de un gran cuadro blanco sucio destruyendo todo lo que encuentra a su paso.
Como marioneta desarticulada la pintora se desploma en el suelo del estudio. Doy la vuelta y contemplo su última obra: una gota de sangre se descuelga pesadamente de mi glande.